Me encanta, me fascina, me muero por él.
Siento algo muy parecido a la felicidad, pero mucho más bonito que eso. Felicidad con solo estar a su lado, recostarme en él sin decir nada, solo recostar mi cabeza en él y cerrar los ojos, sentir sus labios, darle un beso y seguir recostada en él; sentir su sonrisa, escucharlo suspirar. Este estado es el mejor estado en el que he estado a lo largo de mi vida. De echo me he sentido ilusionada por otras personas, pero esto es más que una simple ilusión, es sonreír al verlo, sonreír al pensarlo, querer sus abrazos más que nada y desarmarme encima de él de vez en cuando, querer sus manos, sus pies, su nariz y sus ojos, quererlo todo él en su máxima expresión. Quererlo enojado y triste, resentido por alguna tontería o haciendo esa voz de niño inocente que lo hace irresistible ante mí, escucharlo y sentir como algo dentro mío no puede evitar estremecerse ante él, ante esa sonrisa, esa mirada y toda esa ternura. Porque sí, es él; él el chico que volcó mi cabeza en solo un mes desde hace casi un año, él quien ha sabido ganarse cada parte de mí, él a quien quiero darle amor todos los días y a cada instante, él a quien admiro y amo profundamente.
Él, el futuro paleontólogo más exitoso del país, el loco que ama las ballenas y los animalitos es el mismo que me agarró la mano desde la puerta de ese bar para no soltarme más.
No hay comentarios:
Publicar un comentario