sábado, 6 de agosto de 2011

Ser adulto apesta, crecer apesta, tener más responsabilidades, asumir más riesgos, ponerle precio hasta al aire que uno respira apesta. No, no es que sea cobarde o que quiera/pretenda ser una mantenida y/o actuar como una inmadura por el resto de mis días. Es que todo, de cierto modo, me molesta. Me molesta las pocas ganas con que veo a la gente tratar de sobrellevar su vida como si fuera una carga más y de la cual se quieren deshacer y corren lo más rápido posible, hacen todo lo se les ocurre para aligerarla, para no sentirla, la comparan con la de los demás y hacen hasta lo imposible para hacerlas caer.
Quien dice que el dinero no compra la felicidad está medio equivocado, sí la compra, pero no por completo o por lo menos no en su tamaño ideal. Porque la felicidad está en lo material, mentiría si dijera que no, pero es con una sonrisa, con un baile, estar al lado de esas personas que transforman mi rostro en felicidad pura, escribir, sentir el aliento feo de mi perro cuando intenta lamerme torpemente la cara, cuando éste mismo busca cualquier manera de que mi mano acaricie su cabeza, cuando me doy cuenta de que mi familia es rara y complicada a la vez pero que igual los quiero a todos (menos a uno), sentir ese buen humor que llega sin avisar simplemente porque sí. Eso, exactamente eso es lo que uno debería llamar 'vida'. Lo material ayuda en cierto modo, pero si uno no valora la vida misma ni cada momento que pasamos en ella lo material se esfumará más rápido que tus propias ganas de vivir.
Pensar que estás gorda no es motivo para hacer de tu cuerpo cualquier mierda. Estás gorda, estoy gorda ¿y? soy feliz así, prefiero disfrutar y tener grasa acumulada a vivir comiendo lechuga en un país donde nos jactamos de nuestra rica gastronomía. Porque cuando no piensas en ti misma y te dejas llevar por los comentarios estúpidos que alguien más puede decir de ti pareciera que tienes grasa, sí, pero en el cerebro.