Dicen que pongo cara de imbécil cada vez que me preguntan por ti, pero es algo que no puedo afirmar porque no le he hablado de ti a mi reflejo, eso sería algo muy de perdedora y yo tengo mis límites, ¿entiendes?
Me gustó la conexión casi celestial (suena estúpido, lo sé, pero no se me ocurre de qué otra manera llamarla) del sábado. Yo, sentada, mirando la casa de enfrente que menospreciaste hace semanas atrás cuando señalábamos edificios y reíamos, pensando en lo bueno que es ya no verte tan seguido, abriéndome los ojos a la realidad, tratando de hacer que esto raro que siento no me afecte en lo más mínimo y de repente ¡ZAS! me agarras de la cintura, me saludas con un alegre "¡hola!" acompañado de un beso y me convierto en mariposas, caramelos y demás mariconadas. Mi cerebro se burla. El trainer me mira como siempre, cada vez que llegas, esperando reír, al igual que mi cerebro, de mi reacción.
Soy voluble, pero no tanto como tú. Y siento tu inmadurez tan a flor de piel que me asusto, pero me llega al pincho porque me gustas. Y decir que me gustas es poco, me cago, me re-cago por ti y no se nota porque así soy, cero expresiva, pero no por las huevas acepto tus abrazos, no por las huevas te busco con la mirada, no por las huevas trato de escuchar lo que hablas con el trainer, no por las huevas he stalkeado hasta a tu mamá. No. Y no por las huevas sentí mil cosas extrañas cuando, por fin, me pediste mi número. Es raro que no esté pendiente del celular por ti y lo peor es que sé que vas a demorar en dar señales de vida o quizás nunca las des, pero ya qué chucha.
No hay comentarios:
Publicar un comentario